El “por si acaso” que termina decidiendo por ti
Paola Lemus— Enfermera de Psiquiatría
Hay frases que parecen pequeñas hasta que empiezas a mirar todo lo que has construido alrededor de ellas.
“Por si acaso.”
Mejor voy acompañada, por si acaso.
Llevo esto en el bolso, por si acaso.
No como demasiado antes de salir, por si acaso.
Me siento cerca de la puerta.
Miro dónde está el baño.
Voy en mi coche para poder irme cuando quiera.
No me quedo a dormir.
Mejor otro día.
Mejor más cerca.
Mejor cuando esté más tranquila.
Mejor cuando tenga menos trabajo.
Mejor cuando haya dormido bien.
Mejor cuando…
Y así puedes seguir durante bastante tiempo.
Lo curioso es que muchas de estas cosas tienen sentido.
Eso es precisamente lo que hace tan difícil ver cuándo empiezan a ocupar demasiado espacio.
Porque ir acompañada no tiene nada de malo.
Tener localizada una salida tampoco.
Llevar algo que te hace sentir segura puede ser completamente razonable.
El problema aparece cuando ya no sabes si haces esas cosas porque quieres o porque sientes que no puedes hacerlas de otra manera.
Ahí cambia todo.
Cuando el cuerpo aprende a vigilar
Después de una crisis de ansiedad fuerte, el cuerpo aprende rápido.
Aprende lugares.
Sensaciones.
Horas.
Situaciones.
Distancias.
Aprende lo que ocurrió antes de aquella crisis y empieza a vigilar cualquier cosa que se le parezca.
A veces de una forma bastante evidente.
Otras veces no.
No siempre aparece un pensamiento claro que diga: “Tengo miedo de volver a tener una crisis”.
A veces solo empiezas a ser más prudente.
Eso te dices.
Más organizada.
Más previsora.
Más consciente de tus límites.
Y puede que una parte de eso sea verdad.
Pero también puede haber otra parte que sigue intentando garantizarte algo imposible: que nunca volverás a sentirte como entonces.
Ese intento puede durar años.
No necesariamente porque sigas teniendo ansiedad intensa.
Puede que lleves meses sin una crisis.
Puede que hayas vuelto a trabajar, salir, conducir, hacer planes.
Puede que tu entorno ya considere aquello completamente superado.
Tú misma puedes decir que estás bien.
Y probablemente lo estés.
Pero estar bien y volver a sentirte libre no siempre ocurren al mismo tiempo.
Hay una diferencia.
Y se nota especialmente en las decisiones pequeñas.
Las grandes llaman la atención.
Las pequeñas se cuelan.
Un día decides no ir demasiado lejos.
Otro, que mejor no conduces de noche.
Después empiezas a evitar planes si has dormido poco.
No te apetece quedarte sola cuando te notas cansada.
Prefieres no comprometerte con demasiada antelación porque no sabes cómo vas a encontrarte ese día.
Nada parece grave.
Nada merece una alarma.
Sigues viviendo.
Solo que vas reduciendo un poco el margen.
Después otro poco.
Y otro.
Hasta que un día descubres que tu vida funciona bastante bien siempre que se mantenga dentro de unas condiciones muy concretas.
Cuando el “por si acaso” se convierte en una forma de vivir
Ahí es donde el “por si acaso” deja de ser una precaución puntual.
Empieza a convertirse en una forma de vivir.
Y cuesta admitirlo.
Porque después de haber pasado una crisis importante hay algo muy comprensible en querer proteger la estabilidad que has recuperado.
Te costó demasiado llegar hasta aquí como para jugar con ella.
Lo entiendo.
El problema es que, si toda decisión pasa por la pregunta de si podría hacerte sentir mal, el miedo sigue sentado a la mesa.
Ya no grita.
No necesita hacerlo.
Ahora participa en las decisiones.
Y eso puede ser mucho más difícil de detectar.
Durante la crisis sabes que estás asustada.
Después puedes pensar que simplemente eres responsable.
Ese matiz importa.
Hay personas que tardan mucho tiempo en darse cuenta de que no están evitando una crisis.
Están evitando cualquier situación en la que no puedan controlar completamente cómo van a sentirse.
Y eso es otra cosa.
Porque nadie puede garantizarse una tarde sin cansancio.
Un viaje sin incomodidad.
Una comida sin una sensación rara en el estómago.
Una noche sin dormir peor.
Una semana sin estrés.
Un día sin palpitaciones.
Un cuerpo sin cambios.
La vida no funciona así.
Pero cuando has vivido algo que te asustó mucho dentro de tu propio cuerpo, cualquier sensación puede quedarse asociada a una amenaza.
Entonces empiezas a negociar contigo.
Voy, pero solo si viene alguien conmigo.
Voy, pero llevo el coche.
Voy, pero no me quedo mucho.
Viajo, pero cerca.
Salgo, pero sin beber.
Me apunto, pero ya veré ese día.
Parece que estás haciendo el plan.
Y técnicamente lo estás haciendo.
Pero el miedo ha puesto las condiciones.
El manual invisible que deja la ansiedad
Esto es algo de lo que se habla poco cuando hablamos de recuperación.
Se habla mucho de dejar de tener ataques.
De dormir mejor.
De volver al trabajo.
De controlar los síntomas.
Mucho menos de lo que ocurre cuando los síntomas ya no dominan tu día, pero han dejado detrás una especie de manual invisible sobre cómo debes vivir para que nada se descontrole.
Ese manual puede ser muy estricto.
No te dice “no vivas”.
Sería demasiado evidente.
Te dice:
“Hazlo, pero con cuidado.”
“Ve, pero asegúrate de que puedes escapar.”
“Disfruta, pero vigila cómo te estás sintiendo.”
“Descansa, pero no demasiado.”
“Haz planes, pero no te comprometas mucho.”
“Aléjate, pero no tanto.”
Y llega un momento en el que quizá ni siquiera recuerdas cómo decidías antes de consultar primero con el miedo.
No hablo de volver a ser la persona que eras antes.
Hace tiempo que dejé de creer que ese tiene que ser el objetivo.
Después de ciertas experiencias una cambia.
Sería extraño que no fuera así.
Pero cambiar no obliga a vivir permanentemente en guardia.
Puedes conservar lo que aprendiste sin convertir cada aprendizaje en una norma.
Puedes escuchar tu cuerpo sin vigilarlo todo el día.
Puedes cuidarte sin construir una vida tan segura que apenas tenga espacio para lo inesperado.
¿Preferencia o miedo?
Y aquí aparece una pregunta incómoda.
¿Cuántas de las cosas que hoy llamas “preferencias” empezaron siendo miedo?
No hace falta responder deprisa.
Porque algunas serán realmente preferencias.
Quizá ya no te gusta viajar lejos.
Quizá prefieres conducir tú.
Quizá disfrutas más de planes tranquilos.
Perfecto.
No todo cambio posterior a la ansiedad es una secuela que haya que corregir.
A veces simplemente has cambiado.
La cuestión está en otra parte.
¿Podrías elegir diferente si quisieras?
Ahí suele estar la pista.
No si lo haces.
Si podrías.
Si mañana te apeteciera ir sola, ¿podrías hacerlo sin pasar las horas previas comprobando cómo estás?
Si quisieras quedarte más tiempo, ¿podrías cambiar el plan?
Si surgiera un viaje inesperado, ¿tu primera reacción sería pensar si te apetece o calcular qué podría pasar si te encuentras mal?
Si la respuesta te incomoda, quizá el “por si acaso” está ocupando más espacio del que parecía.
Y verlo no significa que tengas que empezar mañana a hacer todo lo que te da miedo.
Eso sería convertir la recuperación en otra exigencia.
Tampoco hace falta arrancar de golpe todas las precauciones.
Hay algunas que quizá necesites todavía.
Hay otras que se irán cayendo cuando dejen de ser necesarias.
Y habrá alguna que decidas conservar porque sencillamente te hace la vida más cómoda.
Dejar de llamarlo todo prudencia
Lo que sí merece la pena es dejar de llamarlo todo prudencia.
Mirarlo de frente.
Saber qué parte de tu vida estás eligiendo tú y qué parte sigues negociando con algo que ocurrió hace tiempo.
Porque la crisis puede haber terminado.
El cuerpo puede haberse calmado.
Puedes llevar mucho tiempo diciendo “estoy bien”.
Y aun así seguir construyendo cada día alrededor de una sola preocupación:
que nunca vuelva.
Quizá llega un momento en el que recuperarse también significa aceptar que no puedes obtener esa garantía.
Que algunas sensaciones volverán.
Que habrá días malos.
Que a veces tu cuerpo hará cosas que no entiendes.
Que puedes sentir miedo otra vez.
Y que ninguna de esas cosas tiene por qué devolverte al punto de partida.
Tal vez ahí empieza otra parte de la vida después de la ansiedad.
Vida después de la ansiedad: una guía para reconstruirte
Cuando dejas de preguntar constantemente:
“¿Y si vuelve?”
Y empiezas, poco a poco, a preguntarte otra cosa:
“¿Qué elegiría yo si no tuviera que organizarlo todo por si acaso?”
Si al leer esto has reconocido algunos de tus propios “por si acaso”, no hace falta que lo resuelvas sola. En la Sesión Noir miramos juntas qué parte de tu vida estás eligiendo tú y qué parte sigue decidiendo el miedo.
Sobre la autora
Paola Lemus — Enfermera de Psiquiatría y fundadora de Conexión Noir. Acompaña a mujeres que ya superaron la ansiedad a reconstruir su vida. Este espacio es educativo y de acompañamiento emocional; no sustituye la terapia.