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    Vida después de la ansiedad23 de septiembre, 2026

    Después de la ansiedad sigo pendiente de mi cuerpo: cuando cualquier sensación te pone en alerta

    Paola Lemus— Enfermera de Psiquiatría
    Después de la ansiedad sigo pendiente de mi cuerpo: cuando cualquier sensación te pone en alerta — Vida después de la ansiedad | Conexión Noir, acompañamiento emocional para mujeres después de la ansiedad

    Hay algo que puede quedarse bastante tiempo después de la ansiedad y que desde fuera casi nadie ve.


    Estar pendiente del cuerpo.


    No necesariamente estás pensando todo el día que algo malo va a pasar.


    A veces es mucho más pequeño.


    Te despiertas y compruebas cómo has dormido.


    Te levantas y notas inmediatamente si estás cansada.


    Sales de casa y, sin darte cuenta, miras cómo respiras.


    Si el corazón va rápido.


    Si tienes esa sensación rara en el estómago.


    Si estás un poco mareada.


    Si hoy tienes suficiente energía.


    Y según lo que encuentres empiezas a decidir el día.


    Si estás bien, sigues.


    Si notas algo extraño, comienzan las negociaciones.


    “Hoy mejor no.”


    “Voy, pero poco rato.”


    “Me llevo el coche.”


    “Voy a esperar a ver si se me pasa.”


    Puede que nadie a tu alrededor lo note.


    Porque tú ya haces vida normal.


    Y precisamente por eso cuesta tanto reconocerlo.




    ¿Por qué sigo pendiente de mi cuerpo después de la ansiedad?


    Después de haber vivido una crisis fuerte, algunas sensaciones físicas dejan de sentirse tan neutrales como antes.


    Una mala noche ya no siempre es simplemente una mala noche.


    Un corazón acelerado puede hacerte prestar atención.


    Un mareo pequeño puede detenerte unos segundos.


    Una sensación que antes habría pasado desapercibida ahora consigue que mires hacia dentro.


    “¿Esto lo sentí aquella vez?”


    “¿Está aumentando?”


    “¿Por qué estoy respirando así?”


    “¿Estará empezando otra vez?”


    Puede durar unos segundos.


    Ni siquiera necesitas formular todas esas preguntas.


    Pero tu atención ya está allí.


    En el cuerpo.


    A esto se le suele llamar hipervigilancia corporal: prestar mucha atención a las sensaciones físicas buscando señales de que algo podría estar pasando.


    El nombre suena bastante más grande que algunas de las escenas en las que aparece.


    Porque muchas veces ocurre mientras haces cosas absolutamente normales.


    Trabajando.


    Cocinando.


    Conduciendo.


    Hablando con alguien.




    Hay días en los que estabas bien hasta que empezaste a comprobar si estabas bien


    Esa frase parece absurda hasta que la has vivido.


    Estás haciendo cualquier cosa.


    Durante un rato ni te acuerdas de la ansiedad.


    Y entonces aparece algo.


    Una palpitación.


    Una presión.


    Un pequeño mareo.


    Una sensación extraña en el estómago.


    Y la atención baja inmediatamente al cuerpo.


    Respiras para comprobar cómo respiras.


    Mueves el cuello.


    Miras las pulsaciones.


    Intentas descubrir si aquello sigue ahí.


    Y cuanto más miras, más cosas puedes encontrar.


    Porque el cuerpo nunca está completamente quieto.


    Late.


    Se cansa.


    Tiene hambre.


    Duele.


    Se acelera.


    Cambia cuando has dormido poco, cuando hace calor, cuando has tomado café, cuando estás bajo presión o simplemente porque ese día funciona así.


    Pero cuando has pasado mucho tiempo pendiente de las sensaciones físicas, cualquier cambio puede adquirir una importancia que antes no tenía.




    Comprobar el cuerpo tranquiliza… durante un rato


    Esta es una de las razones por las que el hábito puede mantenerse.


    Compruebas.


    Parece que todo está bien.


    Y llega el alivio.


    “Vale. No pasa nada.”


    Durante un rato puedes seguir.


    Hasta la próxima sensación.


    Entonces vuelves a comprobar.


    No porque estés haciendo algo absurdo.


    Después de haber sentido mucho miedo dentro de tu propio cuerpo, querer asegurarte de que todo sigue bien tiene bastante lógica.


    El problema aparece cuando necesitas comprobarlo una y otra vez para sentirte segura.


    Porque entonces una sensación física cualquiera puede empezar a pedirte una respuesta.


    Y poco a poco puedes terminar confiando menos en tu cuerpo precisamente porque lo estás vigilando constantemente.




    El miedo a las sensaciones físicas puede seguir aunque la crisis haya terminado


    Esto pertenece mucho a la vida después de la ansiedad.


    Ya no tienes aquellas crisis.


    Has vuelto al trabajo.


    Sales.


    Haces planes.


    Tu vida funciona.


    Pero algunas sensaciones todavía tienen demasiado poder sobre tus decisiones.


    Dormiste mal y cancelas algo porque temes encontrarte peor.


    Notas el corazón más rápido y empiezas a calcular cuánto falta para llegar a casa.


    Te sientes cansada y dudas si salir.


    Aparece un mareo y todo tu plan cambia durante unos minutos.


    Desde fuera puede parecer prudencia.


    Desde dentro sabes que hay otra pregunta detrás:


    “¿Y si esto va a más?”


    Ese “y si” puede sobrevivir mucho tiempo a la propia crisis.




    A veces acabas preguntándole a tu cuerpo si tienes permiso para hacer tu vida


    Esta parte me parece especialmente importante.


    Porque puedes llegar a organizar el día después de consultar primero cómo te encuentras.


    ¿He dormido suficiente?


    ¿Tengo energía?


    ¿Estoy respirando bien?


    ¿Estoy demasiado cansada?


    ¿Me noto rara?


    Y dependiendo de la respuesta haces el plan o lo modificas.


    Claro que hay días para cancelar.


    Días para descansar.


    Días en los que el cuerpo realmente necesita que pares.


    Eso forma parte de cuidarse.


    Pero otra cosa es necesitar sentirte perfectamente bien para permitirte hacer vida.


    Ahí el margen empieza a hacerse pequeño.


    Y suele ocurrir muy lentamente.




    Una sensación física no significa que la ansiedad esté volviendo


    Esta fue una de las cosas que más cuesta aprender después de haber pasado por ansiedad.


    El cuerpo puede sentirse raro sin que esté ocurriendo nada extraordinario.


    Puedes dormir mal.


    Estar agotada.


    Notar el corazón.


    Tener tensión.


    Sentirte más sensible.


    Tener un día en el que simplemente no estás cómoda dentro de tu cuerpo.


    Y eso no significa automáticamente que estés regresando al punto de partida.


    Decirlo es fácil.


    Creerlo cuando ya has vivido una crisis dentro de tu propio cuerpo cuesta bastante más.


    Porque conoces el miedo que puede producir una sensación.


    Por eso recuperar confianza lleva tiempo.


    Y recuperar confianza tampoco significa conseguir que el cuerpo deje de darte sensaciones desagradables.


    Eso sería imposible.


    La diferencia aparece cuando una sensación deja de obligarte a detenerte para averiguar qué significa.




    Escuchar el cuerpo y vigilarlo no son exactamente lo mismo


    Durante años hemos repetido mucho eso de:


    “Escucha tu cuerpo.”


    Y sí.


    Hay que escucharlo.


    Pero podemos confundir escuchar con estar pendiente de cada cambio.


    Escuchar puede ser darte cuenta de que llevas horas trabajando y necesitas comer.


    Que estás agotada.


    Que algo duele y debes atenderlo.


    Que hoy necesitas descansar.


    Vigilar es buscar señales que confirmen si estás segura.


    Desde fuera pueden parecer comportamientos muy parecidos.


    Por dentro no se viven igual.


    Uno responde a una necesidad.


    El otro intenta obtener una garantía.


    ¿Estoy escuchando lo que necesito o comprobando que no me va a pasar nada?


    Esa pregunta me parece más útil que intentar prohibirte comprobar.


    Porque probablemente algunas veces sí necesitas escuchar tu cuerpo.


    Otras estarás vigilándolo.


    Y habrá momentos en los que ni siquiera sabrás cuál de las dos cosas estás haciendo.


    No pasa nada.


    Lo interesante es empezar a distinguirlas.


    Porque quizá llevas mucho tiempo diciendo:


    “Ahora escucho muchísimo mi cuerpo.”


    Y puede que sea cierto.


    Pero quizá también hay días en los que llevas horas asegurándote de que sigue bajo control.


    Y no es exactamente lo mismo.




    Recuperar la confianza en tu cuerpo después de la ansiedad


    Recuperar esa confianza no significa volver a sentirte bien todos los días.


    Ni conseguir que desaparezcan para siempre las palpitaciones.


    Ni el cansancio.


    Ni todas aquellas sensaciones físicas que alguna vez te asustaron.


    Probablemente alguna volverá.


    El cuerpo hace cosas.


    La diferencia estará en lo que ocurre después.


    Si una sensación sigue necesitando una investigación.


    Si modifica automáticamente lo que ibas a hacer.


    Si necesitas confirmar que todo está bien antes de continuar.


    O si poco a poco puedes notar algo, darle el espacio que merece y seguir con tu día cuando no existe una razón real para detenerlo.


    Para alguien que ha pasado mucho tiempo pendiente de su cuerpo puede parecer un cambio pequeño.


    Hasta que sucede.


    Hasta que un día estás caminando, trabajando, cocinando o riéndote con alguien y, varias horas después, te das cuenta de algo.


    No habías comprobado cómo estabas.


    Ni te acordaste de hacerlo.


    Y probablemente esa sea una de las mejores partes.


    Que durante esas horas tampoco estabas pensando en recuperarte.


    Estabas ocupada viviendo.



    Tu vida vale. Tú lo vales.


    — Paola

    Sobre la autora

    Paola Lemus — Enfermera de Psiquiatría y fundadora de Conexión Noir. Acompaña a mujeres que ya superaron la ansiedad a reconstruir su vida. Este espacio es educativo y de acompañamiento emocional; no sustituye la terapia.